Son muchísimas las personas que se entregan en cuerpo y alma cuando apuestan por una persona y se sumergen en una relación. Digo sumergirse porque hasta el último poro de su cuerpo queda calado por el amor a la otra persona. Se hacen esfuerzos tremendos por ser bueno, por darlo todo, por convencer al otro de que eres esa persona que llevaba tiempo buscando.

Todo para que se quede a su lado para siempre. Pese a esos esfuerzos frenéticos, hay relaciones que se rompen todos los días. El amor se marchita y muchas veces no hay nada que uno pueda hacer.

Y entonces, cuando uno decide que su vida será mejor sin la otra persona y decide emprender un nuevo camino, está creando de forma inevitable unas heridas que tardarán tiempo en cicatrizar. Todas las ilusiones, los planes de futuro, los propósitos de vida que la otra persona se había hecho, se rompen en pedazos.

Se ha de reconstruir una vida truncada. Se han de generar nuevos planes, nuevos retos y nuevas metas de futuro. Y todo ello forma parte de un proceso de duelo que requiere de más o menos tiempo. Durante este tiempo la persona tendrá que lamerse las heridas, que tan a menudo le escocerán.

Puede pasar durante ese tiempo, y pasa más a menudo de lo que creemos, que la pareja que se fue reaparezca. Para ese entonces, la persona puede no haber cerrado el proceso de reparación, y al estar más débil emocionalmente, es habitual que reciba con gran ilusión al hombre que un día se marchó. Más aún si este vuelve arrepentido, con grandes disculpas y argumentando que se equivocó.

Aquí empieza un juego un tanto peligroso que puede salir muy bien o muy mal. Pueden ocurrir diferentes cosas. Si es cierto el arrepentimiento de la persona, eso puede constituir una base sólida sobre la que trabajar la relación a partir del error y del “haberse dado cuenta”. Pero lo saludable en este caso es empezar de cero y hacer esfuerzos mutuos para levantar de nuevo ese “edificio” que fue demolido. Por tanto, resulta un grave error hacer “como si nada” y querer seguir la relación en el punto en el que se dejó.

Eso pasa de forma frecuente, sobretodo por parte de la persona que decidió romper la relación, ya que cree que para remendar su error es mejor hacer como si nada hubiese pasado. Borrar ese espacio de tiempo y seguir sin mirar atrás. Grave error. Si se hace eso, se están obviando las heridas de la otra persona. Y lo que más quiere la persona dolida es que se le reconozca el daño causado y que se repare del modo que sea.

Ignorar lo sucedido hará que las heridas de la persona se reabran y duelan más. Y puede pensar que el otro no da importancia al daño causado y eso puede volverse en contra de la pareja en forma de reproches, enfados, rabia e ira.

Hay otras ocasiones, en las que ambos miembros de la pareja traten de poner todos sus esfuerzos en empezar de cero. Pero pasadas unas primeras semanas, cuando la relación vuelve a estabilizarse, la persona que fue abandonada se da cuenta de que nada ha cambiado. Y que, por un motivo inexplicable, algo ha hecho click dentro de sí y ya no siente lo mismo por el otro. En ese caso, podríamos decir que las heridas de la persona han curado, pero que el rencor es más profundo, y por mucho empeño que ponga, no puede entender que aquella persona un día decidiera prescindir de ella. Y entonces decidir terminar para siempre porque, aunque a veces se intente, el corazón no olvida.

Edición y publicación: Albert Espinola Todas las imágenes de We Heart It