Uno no se prepara para la muerte nunca, ni para la de uno mismo, menos para las de los seres queridos, no importa cuánto tiempo batalles a su lado por una enfermedad larga y que ya sepas con tiempo el destino; cuando la muerte llega es simplemente devastador. Lo que más duele es perder ese vínculo único que tenías con esa persona y quizá también el hecho de que no hayas podido decir adiós.

Parece que siempre te falta algo por decir, algo que sientes en tu corazón que debiste confesar y no lo hiciste a tiempo. Que no haya una próxima vez acaba con tu resistencia y solo sientes una profunda tristeza. Y este dolor tan fuerte es más severo cuando la persona que se va es nuestra madre. La persona más cercana a ti, quien más se preocupa, quien más te busca, quien más te lleva en su corazón, y quien a veces olvidamos llamar, visitar, recordar.

Un día la ves bien de salud y crees que así seguirá para siempre, hasta que llega ese momento fatal que la arranca de este mundo y entonces ya no tienes oportunidad para expresarle todo lo que sentías y sientes hacia ella.

Cuando llega ese episodio, en que se enferma y crees que pasará, pero no sucede, que solo empeora hasta que la vida se le apaga, tu vida de cierta forma también se apaga. Puede que estés o no a su lado para darle un beso en la frente cuando ya está partiendo, para tomarla de la mano y hacerle saber que estás allí. El caso es que no es hasta que estás en su funeral que te das cuenta de todo lo que estás perdiendo. Verla acostada, sin vida, a punto de no volver a verla jamás, es cuando el dolor aplastante te cubre hasta dejarte sin aire para respirar.

No importa si eres apenas un adolescente o un adulto, el dolor de perder a una madre te golpea con fuerza, te produce una oleada de desesperación que amenaza con derrumbar todas tus barreras, todas tus emociones, todos tus deseos, todo tú.

Cuando entierras a una madre solo puedes ver cómo se aleja de ti tu mejor amiga, con quien podías hablar horas sin aburrirte, cambiar de temas sin darte cuenta y seguir con el mismo entusiasmo.

Recuerdas cómo en cada paso de tu vida la necesitabas, para que te ayudara o para ver su expresión de orgullo. Siempre la querías a tu lado para celebrar porque lo que eres y haces se lo debes a ella, y en los momentos de tristeza porque solo ella podía cobijarte con tanto amor y hacerte sentir mejor. Pero ya no estará más, y solo queda pensar en que quizá no le diste el amor suficiente, que no le demostraste tanto amor como ella merecía.

Sabes que haberte educado no fue un trabajo sencillo, que le cerraste muchas veces la puerta de tu corazón cuando intentaba aconsejarte porque en tu inmadurez creías tener todo resuelto. Ella hacía lo que fuera por ti bajo cualquier circunstancia, pero a veces en tu impaciencia la avergonzabas en público. Pero después aprendiste a valorar cada esfuerzo, cada consejo y cada frase de aliento, porque crecer te hace ver a una madre con más amor, comprensión y respeto. Hasta que finalmente vez que sí, que ella siempre tenía la razón.

Que sus palabras siempre fueron sabias, pero ya no te queda más que guardarlas en tu memoria. Tú muchas veces estabas ocupado, pero ella siempre respondía tus llamadas. Porque una madre no se cansa de esperar por ti, de preocuparse ni de amarte, jamás. Y no es cuando estás en ese final tan triste que empiezas a ver lo mucho que te faltó por hacer por ella. Que perdiste a tu mejor amiga y que más nunca volverá.

Así que no esperes hasta ese momento para hablarle, para arrepentirte de tantas cosas y pedirle perdón, así como recordarle lo mucho que la amas.