Muchos dirán que caí en la misma vulnerabilidad en la que cae el promedio. Dirán que no fui fuerte, que no resistí lo suficiente, que debí aguantar los insultos, los golpes emocionales, el dolor, el engaño y la miseria, aguantar hasta que ya no quedara nada de mí. La gente no sabe nada, nadie sabe lo que realmente sucede dentro de mí, nadie tiene el derecho a juzgarme.

Sí, fui infiel, estuve con otro hombre que no era mi esposo, y debo admitirlo, fue lo mejor que hice después de mucho tiempo. Lo que más me dio placer es que me hizo sentir viva de nuevo. Estaba perdida, estaba en un mundo lleno de miseria a causa de un hombre mentiroso y manipulador. Uno que me hizo creer que no valía nada, que lo único que merecía era eso que él me daba. Y me lo creía, creía en verdad que mi vida estaba hecha para el dolor.

Pero no era así, sus juegos mentales me mantuvieron cautiva, asustada, escondida, desesperada de miedo. Llegué a pensar que ese era el destino de toda mujer, ser esa persona oscura y triste que siempre debía conformarse con lo que su esposo le entregaba, si tan solo me hubiese dado cosas buenas; en vez de amor, incentivaba mi miedo. En vez de protección, me encerraba en mi propia prisión emocional. En vez de hacerme sentir libre, era su prisionera.

Y la cuestión era que no sabía que tenía una opción, me tenía tan desvalorizada que asumí mi destino, estaba segura de que eso era lo que había para mí y ya. Me olvidé de mis sueños, de mis metas, de mis amistades y hasta de mi familia. Realmente vivía en un mundo distópico asumiendo esa vida horrible.

Entonces, algo pasó, alguien me miró con ojos diferentes, con ojos de interés, de deseo, de amor. No entendía lo que significaba porque quien era mi protector me aseguró que nadie en el mundo me podía querer si yo ya estaba usada, me repetía una y otra vez que era desagradable. Que nadie más podía quererme, que él era el único con buen corazón que jamás podría haberme aceptado. Y me lo creía, me lo creía.

Hasta ahora veo el infierno en el que estaba y no sabía. Lo supe después de conocer a ese hombre que con unas simples caricias hizo que mi corazón volviera a latir. Con un par de frases sinceras y agradables me hizo sentir completamente diferente. Pensaba que soñaba, que alucinaba, que los golpes ya habían afectado mi cerebro.

Pero estaba equivocada, sus besos y sus caricias fueron las acciones que me pusieron de nuevo los pies en la tierra, y no de forma errada. Por el contrario, me mostró lo que era capaz de sentir, lo bien que se podía sentir una mujer al estar con un hombre. Me retuve por miedo, me aseguré a mí misma que lo que hacía estaba errado y que por eso mi vida podría acabar.

Una vez que accedí, que me dejé llevar por lo que en verdad se sentía bien, fue cuando descubrí que estaba por completo equivocada. Ya no aguantaba más esa vida de miseria y desdicha, pero no sabía lo exhausta que estaba de ello hasta que le fui infiel. Y no, no me arrepiento. De no haberlo hecho, jamás habría quedado en evidencia mi situación deplorable. Fue una llave a una puerta de salida. Esa infidelidad me devolvió la vida.

Sé que puede sonar raro, sé que muchos sin saber me juzgarán, pero después de lo que viví, las opiniones de los demás me saben a nada. Ahora sé que yo puedo controlar mi vida, que nadie puede someterme porque soy una mujer libre. Así que sí, fui infiel porque ya no aguanté más.

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