Todos cambiamos, aunque a veces no nos damos cuenta de ello. De hecho, resulta curioso cómo los días pasan y todo parece estar igual que siempre, no nos damos cuenta, pero en el fondo estamos experimentando un cambio. Cuando te detienes a mirar atrás ya ha pasado un año y todo es diferente en tu vida. Algunos cambios son sutiles, otros son determinantes, a veces no puedes sentirlos.

El tiempo pasa y cuando miras atrás ves que ya no eres la misma persona de ayer, que lo que viviste ayer, te da una nueva perspectiva para hoy. Y es que así es la vida, esas son las evidencias del tiempo, evolucionas, incluso sin desearlo. Cada experiencia es una lección para trabajar en ti misma, aprendes y no te quedas estancada, sigues adelante con ese nuevo aprendizaje que te ayuda a tomar decisiones más acertadas. Pero las cosas no cambiarán lo suficiente si te rehúsas a evolucionar.

Acepta los cambios, tanto lo bueno como lo malo, y no te arrepientas de los errores que has cometido. Las circunstancias más duras te enseñan las lecciones más importantes, te hacen atravesar las transformaciones más impresionantes. Antes de una dificultad eres alguien diferente a quien eres después de ella. Porque ya no opinas ni piensas igual, porque actúas diferente y entiendes mejor ciertas cosas de la vida.

La vida es un constante aprendizaje y ese es el secreto de nuestra belleza, no radica en cómo nos veamos, sino en nuestra alma, en nuestras acciones, en nuestra forma de tratar a las personas. La belleza de cada persona es la madurez que gana con el tiempo, el nacimiento de una sonrisa más real. Todo eso que aprendí me llevó a tratarme a mí misma de forma diferente, me atreví poco a poco a expresar mis emociones. Dejé de tener miedo y en todo un año muchas cosas me pasaron.

Conocí personas, algunas ya no están en mi vida, otras siguen allí siendo maravillosas conmigo, y otras también siguen pero ya no confío en ellas. Todas me dejan lecciones, he aprendido cosas nuevas gracias a ellas, a todas. He aprendido a defender mejor mis opiniones y también a transmitirlas sin imponer. He aprendido a ser más humilde sin perder mi dignidad, a apreciar el esfuerzo de las demás personas y a valorarme más.

Mi corazón se ha roto varias veces y ha sanado también, durante el dolor, pensé que no lo lograría, pero mi alma se ha endurecido, con cada decepción todo en mí va cambiando. No soy la mujer que fue el año pasado, y eso es algo muy bueno porque hace un año no tenía la misma madurez emocional, hace un año confiaba en personas que no debía, hace un año mis metas estaban en una etapa diferente.

Hoy, soy una mujer con más convicción y seguridad. Con una autoestima más elevada, con más confianza respecto a quién soy y lo que quiero. Y algo que también aprendí en este año es que uno nunca deja de aprender, que el próximo año seguramente ya no seré quien soy hoy.

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